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20/03/2015 12:36:44

ZARAGOZA

 

Este libro sobre Zaragoza, escrito e ilustrado por José Luis Cano, presenta una galería de personajes, algunos muy populares, otros prácticamente desconocidos, que han dejado su huella o por lo menos sus calcetines en la ciudad aragonesa. El breve prólogo nos mete de un empujón dentro del libro:
En el principio era el cierzo. Después llegaron las legiones romanas y la Virgen del Pilar. Desde entonces, Zaragoza es una ciudad de curas y militares, una ciudad mitad monja mitad alférez, una auténtica madrastrona.

En Zaragoza se ha prescindido del alineamiento cronológico, y las ochenta brevísimas semblanzas, acompañadas de sus correspondientes retratos, se ofrecen ordenadas según un encadenamiento que pone en relación cada nuevo personaje con el inmediatamente precedente. Por pura casualidad o por designio paradójico, en ambos extremos figuran dos no nacidos en Zaragoza. Abre la lista, como no podía ser de otra manera, la Virgen del Pilar, que visitó Zaragoza el 2 de enero de 40 d. C. para ver a Santiago apóstol, que acampaba junto al Ebro, y al que dejó de recuerdo una columna de jaspe. La cierra el poeta y pintor Antonio Fernández Molina, «que vino a Zaragoza con su mujer, Josefa Echeverría, para que sus seis hijas estudiaran en el colegio de unos amigos, los Labordeta, y se quedó para siempre. Lo que dice mucho en favor de la ciudad».

 

José Luis Cano (Zaragoza, 1948) es uno y multitud. Por eso siempre es difícil saber quién es el hombre que firma José Luis Cano, Cano a secas, Canico como también se le conoce porque hace «canicos»: libritos casi minúsculos donde encierra en pocas páginas, poca letra y muchas ilustraciones, vidas ilustres, ilustradas e iluminadas. 

Es el tipo que posee la risa más estentórea del mundo probablemente, sonora como un torrente que se desmelena, indócil como un potrillo sin desbravar. Algunos dicen de él que tiene algo de hermano gemelo de El Roto, pero les diferencia, sobre todo, que Cano ríe mejor y más constantemente. Tiene una risa casi salvaje, que es el anverso de una timidez tan abrupta como bien llevada. Y como Andrés Rábago El Roto es lúcido, radical, pesca la vida al vuelo y la resume en un bocadillo que parece un pensamiento de Cioran.

José Luis Cano empezó a hacer viñetas de humor a principios de los 80. Artista expresionista, creó unos hombrecillos con unas trompas inmensas, que era su aproximación personal a la caricatura cubista, y unas abuelas que apenas eran algo más que un triángulo de luto y que «un borrón negro con nariz y patas». Los unos y los otros hablaban, con sujeto y predicado, como filósofos: ellos ponían en órbita eso que se ha dado en llamar el humor somarda, esa mezcla de acracia natural, cazurrismo y sabiduría popular que provoca estragos. Dice las cosas como si no quisiera decirlas y te deja escocido en el estómago y en la inteligencia. Más tarde, hacia los 90, Cano eligió otros dos personajes: un anciano rural de la tribu, más bien amargado con todo (incluso con el capricho de las estaciones), abrazado a una oveja, y una mujer con una radio que vomita noticias sin parar. La radio exaspera a la oyente o le ayuda a entender el mundo. En el fondo, Cano siempre ha estado preparando la puesta en escena de su gran sentido del humor, que tendría su proyección absoluta hacia un vasto puñado de personajes aragoneses marcados por una característica: la esquizofrenia.

A este asunto le ha dedicado un libro reciente, y algunas de esas criaturas reaparecen aquí, en este viaje en el tiempo a Zaragoza: desde San Lamberto al dibujante Gutiérrez, que retrató a Gregorio Calmarza; desde Engracia y Avempace a Francisco Marín Bagüés, que quiso pintar un mural en el Pilar y todo quedó en agua de borrajas. Desde el charco Goya seguía diciendo: «Que en acordarme de Zaragoza y pintura me quemo bibo». Aunque mi personaje favorito es el menos conocido: María Luisa Cañas, Marisica. Esta anécdota real a Cano le viene como anillo al dedo. Odia las historias felices. Jamás podría ser un best-seller.

Zaragoza es una de las ciudades con más personajes ilustres y raros por metro cuadrado. Cano es uno de ellos y aquí los mira a todos como a iguales. Como antepasados con un aire de familia, como hermanos, cómplices y cabecitas locas. A algunos les había dedicado monografías completas en el sello Xordica (Buñuel, Goya, María Moliner, Gracián, Sender, Ramón y Cajal, Fernando el Católico...), pero no se repite. Y además, logra algo admirable: convierte a Zaragoza en el centro de vidas ilustres, en el escenario de anécdotas, rebeldías, gestos surrealistas o crueles como la muerte de Santo Dominguito de Val, pero también sabe convertir un instante aislado, como el retrato de Luis Mompel a Ava Gardner, en un relato, en una aventura con valor en sí misma, en una leyenda de amor a primera vista forjada en una plaza de toros. José-Carlos Mainer dijo una vez que el escritor José Luis Cano estaba próximo a la erudición y al espíritu de Borges. Cano es un contador de historias, un poeta visual, un alquimista de los trazos, el pariente español de David Levine. Sólo una persona así puede pensar que Eusebio Blasco merece la inmortalidad por haber inventado el término suripanta.

 

ZARAGOZA, de José Luis Cano, publicado en Valencia por la Editorial Media Vaca, fue publicado allá en 2006 y traido a la BS, este año de 2014, por los gentiles Vicente Ferrer y Begoña Lobo, sus editores.

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